CON EL TEMA: Jesús es un Sumo Sacerdote compasivo
Y EL TEXTO TEMÁTICO: “No tenemos a un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades” (HEBREOS 4:15).
1, 2. a) ¿Para qué envió Jehová a su Hijo a la Tierra? b) ¿Qué analizaremos en este artículo? (Hebreos 5:7-9).
Respuestas al apartado a:
Jehová envió a su Hijo para liberarnos del pecado y la muerte. No fue solo un gesto de amor general: era el plan para rescatar a la humanidad y revertir lo que Satanás había causado, y por eso se destaca tanto el amor de Jehová en dar a su Hijo (Juan 3:16; 1 Juan 3:8).
Pero además, Jehová sabía que la vida humana de Jesús lo “prepararía” aún más para su función. Al vivir como humano perfecto en un mundo imperfecto, Jesús podía sentir desde dentro lo que es la presión, el dolor y el cansancio, y así ser un Sumo Sacerdote que realmente se compadece, con empatía real, no teórica (Hebreos 5:7-9).
Respuesta apartado b:
En este artículo analizamos precisamente eso: cómo lo que Jesús vivió contribuyó a que estuviera “perfeccionado” para su papel, es decir, más capacitado para ayudarnos. Y entenderlo nos acerca a Jehová, porque cuando nos sentimos desanimados por pecados o debilidades, vemos que no estamos hablando con alguien frío, sino con un Sumo Sacerdote compasivo que entiende (Hebreos 5:7-9).
El Hijo más querido de Dios viene a La Tierra
3 y 4. ¿Qué cambios afrontó Jesús cuando vino a la Tierra?
Jesús pasó de tener el lugar más destacado entre los hijos espirituales de Dios a vivir entre humanos imperfectos. En el cielo estaba “a la derecha” de su Padre, rodeado de amor y con plenitud de gozo, y aun así eligió dejarlo todo para venir aquí. Eso pone el listón altísimo de lo que significa humildad y amor (Salmos 16:11; Proverbios 8:30; Filipenses 2:7).
Y no fue una vida cómoda: nació en una familia pobre. Que sus padres ofrecieran un sacrificio humilde muestra las circunstancias sencillas con las que empezó su vida aquí; Jesús aprendió desde el principio lo que es vivir sin privilegios materiales (Levítico 12:8; Lucas 2:24).
Encima, nada más nacer ya fue objetivo de odio: Herodes quiso matarlo y tuvieron que huir a Egipto como refugiados. Ese comienzo tan drástico le hizo vivir inseguridad, cambios forzosos y el peso de un mundo hostil, como muchos lo sentimos hoy (Mateo 2:13, 15).
5. ¿Qué vio Jesús cuando estuvo en la Tierra, y cómo lo preparó eso para ser Sumo Sacerdote? (Vea también la imagen).
Jesús vio el sufrimiento de cerca y con sus propios ojos: enfermedad, dolor, duelo, marginación. No era un “informe” sobre el dolor humano; era mirarlo a la cara, hablar con la gente, tocarla, escucharla y sentir lo que les pasaba. Eso le hizo comprender a un nivel muy profundo lo que es vivir en un mundo roto.
También experimentó pérdidas personales. El texto menciona que probablemente sufrió la muerte de José. Eso es importante porque Jesús no solo entendía el dolor como observador, sino que lo vivió. Eso prepara a un Sumo Sacerdote para tratar con compasión a personas que están destrozadas por dentro.
Y aunque desde el cielo había visto el sufrimiento, en la Tierra lo experimentó “desde otra perspectiva”. Isaías profetizó que él cargaría con nuestras enfermedades; estar aquí le permitió sentir angustia, cansancio y tristeza en carne propia, y eso lo hizo aún más empático y cercano (Isaías 53:4).
Jesús trata a las personas con empatía
6. ¿Qué nos enseñan las comparaciones que usó el profeta Isaías? (Isaías 42:3).
Isaías usa comparaciones para que entendamos cómo ve el mundo a las personas y cómo las vería el Mesías. Los fuertes y prósperos se comparan con jardines fértiles y árboles majestuosos: la gente los admira, los valora, los respeta. En cambio, el pobre o el oprimido se compara con una caña quebrada o una mecha que apenas arde: cosas que muchos considerarían inútiles o prescindibles.
Lo bonito es que Isaías predijo que Jesús no trataría así a los débiles. O sea, Jesús no mediría el valor de una persona por su “utilidad”, su salud o su reputación. Esto nos enseña cómo piensa Jehová: el corazón quebrado no le da asco; le da ternura.
Y también nos da una lección práctica para nosotros: cuidado con mirar a alguien como “poca cosa” porque está roto, deprimido o cargado de errores. La profecía nos empuja a imitar a Jesús: tratar con dignidad y compasión al que otros descartan (Isaías 42:3).
7 y 8. ¿Cómo cumplió Jesús la profecía de Isaías?
La profecía decía que no rompería la caña quebrada ni apagaría la mecha que apenas arde, y Mateo la aplicó directamente a Jesús. En la práctica, Jesús usó su poder para beneficiar justo a los que estaban más machacados: personas enfermas, marginadas y sin apenas esperanza humana (Mateo 12:20).
Pensemos en el leproso: no era solo una enfermedad; era aislamiento, rechazo, soledad. Quizá llevaba años sin un abrazo, sin contacto normal, sin vida social. Jesús lo sanó y le devolvió dignidad y esperanza, como quien vuelve a encender una mecha a punto de apagarse (Lucas 5:12, 13).
Y en su época muchos creían que la enfermedad era castigo por pecados, así que los enfermos eran tratados como culpables y apartados. Jesús corrigió ese enfoque con sus actos: los ayudó, los sanó, los acercó a Dios. La lección para nosotros es clara: no etiquetar, no marginar, no tratar con frialdad al que sufre o al que está debilitado espiritualmente (Juan 9:2; Marcos 7:32, 33).
9. ¿Cómo enfatiza Hebreos 4:15, 16 que Jesús es un Sumo Sacerdote compasivo?
El texto recalca que Jesús puede compadecerse porque entiende las debilidades humanas desde dentro, y que fue probado en todo, pero sin pecado. Eso significa que no te mira desde un pedestal: sabe lo que es la presión, el dolor y la tentación, y por eso su compasión es real (Hebreos 4:15, 16).
Además, se nos invita a acercarnos con franqueza al “trono de la bondad inmerecida” para recibir misericordia y ayuda en el momento oportuno. Esto es muy fuerte: Jehová no solo permite que te acerques cuando estás mal, sino que te invita a hacerlo con confianza, porque sabe que tu Sumo Sacerdote te va a tratar con empatía (Hebreos 4:16).
Los relatos lo demuestran: Jesús tocó al leproso, lo cual es un detalle mayor, porque no era necesario para curarlo. Pero sí era necesario para sanar algo más: la herida emocional de alguien que no había sido tocado en años. Y defendió a la mujer arrepentida frente al desprecio. En resumen: Jesús no esquiva a los enfermos ni a los que fallan; los recibe y los levanta (Mateo 8:3; Marcos 7:33; Lucas 7:44).
Imitamos a nuestro Sumo Sacerdote
10. ¿Con qué contamos para ayudar espiritualmente a las personas sordas y a las ciegas? (Vea también las imágenes).
Aunque no podemos hacer milagros como Jesús, sí podemos imitar su compasión ayudando de forma práctica y espiritual. Y aquí se ve algo precioso: se han preparado recursos para que nadie se quede fuera por una limitación física. Eso es tratar a la “caña quebrada” con dignidad.
Por ejemplo, hay publicaciones en muchas lenguas de señas, y también material en braille para múltiples idiomas. Esto demuestra interés real: no es “si puedes, ven”, sino “vamos a acercarte el mensaje para que puedas entenderlo”. Ese esfuerzo imita el modo en que Jesús se adaptaba a la necesidad de cada persona.
Además, hay videos con audiodescripción, que permiten a personas ciegas seguir el contenido. La idea es que tanto sordos como ciegos puedan acercarse a Jehová y a Jesús, sentirse incluidos y espiritualmente fuertes, no como espectadores, sino como parte de su familia espiritual (1 Pedro 2:21; 1 Pedro 3:8).
11. ¿Cómo sigue la organización de Jehová el ejemplo de Jesús? (Hechos 2:5-7, 33; vea también las imágenes).
Después de resucitar, Jesús derramó espíritu santo para que se predicaran las buenas noticias en el idioma de quienes venían a Pentecostés. Ese detalle deja un principio: Jehová quiere que la gente entienda el mensaje en su propio idioma, no a medias y no con barreras artificiales (Hechos 2:5-7, 33).
Siguiendo ese modelo, se hace un esfuerzo enorme por traducir publicaciones a muchísimos idiomas, incluso a lenguas con pocos hablantes. Eso refleja compasión: no se prioriza solo lo “grande” o lo “popular”, sino que se valora a cada grupo, aunque sea pequeño.
Y el resultado es que miles han podido aceptar la verdad porque la recibieron en un idioma que les llega al corazón. Es una forma moderna de imitar lo que pasó en Pentecostés: derribar barreras de comunicación para que el mensaje llegue con claridad, con sentimiento y al corazón (Hechos 2:5-7).
12. ¿Qué más hace la organización de Jehová?
Además de enseñar, se coordina para ayudar en desastres naturales: socorro, reconstrucción, apoyo. Eso encaja con el espíritu de Jesús: no solo hablar de amor, sino demostrarlo con hechos cuando alguien está roto o vulnerable.
Ese apoyo también muestra unidad: miles se ofrecen como voluntarios. Cuando ves eso, entiendes que la compasión puede organizarse, y que la fe verdadera no es solo individual, también se expresa como una familia que se mueve para ayudar.
Y también se construyen lugares de adoración sencillos. ¿Por qué es importante? Porque dan estabilidad espiritual: un sitio donde reunirse, un sitio seguro, para aprender del amor de Dios y sentirse arropado. En un mundo caótico, eso es una ayuda enorme.
13. ¿Cuáles son algunas de las maneras en las que Jesús nos ayuda?
Jesús es el Pastor excelente y se asegura de que tengamos lo necesario para estar fuertes espiritualmente. Eso significa que no estamos “a la deriva”: él se interesa por cada uno, y su objetivo es que no nos apaguemos como una mecha que apenas arde (Juan 10:14; Efesios 4:7).
Cuando los golpes de la vida te quiebran —enfermedad, errores, conflictos— Jesús entiende esa sensación porque la vio y la vivió de cerca. Por eso, como Sumo Sacerdote compasivo, está pendiente de lo que te pasa y sabe cómo te sientes. No minimiza tu dolor ni te mete prisa para “ponerte bien”.
¿Y cómo ayuda en la práctica? Puede darnos fuerzas mediante el espíritu santo, y también usar a los ancianos y a hermanos para darnos ánimo y apoyo. Es bonito: Jesús no solo “siente pena”; actúa, y muchas veces lo hace mediante personas concretas a tu alrededor.
14. ¿Qué podemos hacer para luchar contra el desánimo?
Cuando el desánimo te gana, una clave es meditar en el papel de Jesús como Sumo Sacerdote. Jehová lo envió no solo para dar su vida como rescate, sino para que entendiera plenamente por lo que pasamos los humanos imperfectos. Eso cambia cómo te ves a ti mismo: no eres un caso perdido, eres alguien al que se le quiere ayudar.
Entonces, si estás hundido por pecados o debilidades, recuerda esto: Jesús está “listo para darte una mano” justo cuando más lo necesitas. No es un “ya veremos”, es ayuda en el momento oportuno. Esa idea te empuja a orar, no a esconderte (Hebreos 4:15, 16).
Y también ayuda recordar que acercarte a Jehová no depende de que estés perfecto, sino de que seas sincero y quieras levantarte. La compasión de Jesús no es para los fuertes, es para los que están luchando y quieren volver a ponerse de pie.
15. ¿Qué ayudó a un hermano a volver a la congregación?
En la experiencia, Stefano volvió después de muchos años y se sintió incómodo al entrar, pero lo que lo sostuvo fue el trato: los ancianos lo hicieron sentir bienvenido. Eso es clave: a veces lo que más necesita alguien que regresa no es un discurso, sino sentir que hay un lugar para él.
También le ayudó el ánimo de los hermanos: cuando él estaba tan decepcionado consigo mismo que quería tirar la toalla, le recordaron que Jehová y Jesús querían que perseverara. Ese recordatorio es poderoso porque combate la idea de “ya no valgo” con una verdad: Jehová quiere que vuelvas.
Y cuando lo readmitieron, la congregación los recibió con los brazos abiertos. Eso reflejó el corazón del Sumo Sacerdote compasivo: no solo “te perdono”, sino “te recibo”. Y ese ambiente ayudó incluso a su familia a acercarse a Jehová (Mateo 18:12, 13).
16. ¿Por qué nos sentimos muy agradecidos de tener a un Sumo Sacerdote tan compasivo?
Porque Jesús ayudó a muchísimas personas cuando estuvo en la Tierra, y hoy sigue haciendo lo mismo: está disponible cuando lo necesitamos. No es un Sumo Sacerdote distante; es uno que entiende y actúa a favor nuestro en el momento oportuno.
Y además, su ayuda no se queda en “aguanta como puedas”. Muy pronto, en el nuevo mundo, ayudará a la humanidad obediente a liberarse por completo de los efectos del pecado y la imperfección. O sea, su compasión no es solo para sobrellevar el dolor, sino para eliminarlo.
Por eso la gratitud va dirigida a Jehová también: él nombró a su Hijo por amor y misericordia. Tener un Sumo Sacerdote así cambia cómo vives tus luchas: no te sientes solo, te sientes acompañado, entendido y sostenido por alguien que te quiere ayudar de verdad.
¿Cómo preparó a Jesús para ser Sumo Sacerdote todo lo que vivió en la Tierra?
Lo preparó porque la experiencia humana le dio empatía real. Jesús no solo sabía que la gente sufría; lo vio de cerca, lo tocó, escuchó sus historias, sintió compasión, y entendió por qué la gente se rompe. Eso lo hizo más capaz de tratarnos con misericordia, no con frialdad (Hebreos 4:15).
Además, vivió presiones, cambios, pobreza y amenazas desde pequeño. Todo eso le permitió entender lo que es vivir en un mundo hostil y cómo afectan las cargas a una persona. Por eso, cuando tú estás desanimado, no te juzga desde lejos: te entiende desde dentro.
Y finalmente, su vida en la Tierra lo “perfeccionó” en el sentido de capacitarlo plenamente para su papel: obediencia probada, aguante, compasión demostrada. Eso nos da confianza para acercarnos a Jehová, porque sabemos que Jesús intercede por nosotros con empatía auténtica (Hebreos 5:7-9).
¿Cómo cumplió Jesús las palabras de Isaías 42:3?
Las cumplió tratando con ternura a los débiles, a los marginados y a los que otros veían como “poca cosa”. En vez de aplastarlos más, los levantó: sanó enfermos, devolvió esperanza y los acercó a Dios. Eso es exactamente no romper la caña quebrada ni apagar la mecha que apenas arde (Isaías 42:3; Mateo 12:20).
También las cumplió con detalles de consideración: no solo curar, sino cómo curaba. Tocó al leproso, apartó al sordo para sanarlo en privado, y defendió a la mujer arrepentida. Es decir, cuidó la dignidad de la persona, no solo su problema.
Y esto nos enseña a nosotros a imitarlo: no etiquetar a alguien por sus errores o limitaciones, sino tratarlo con compasión práctica. A veces, lo que más “cura” no es resolver el problema, sino dar valor, respeto y esperanza a alguien que está quebrado (Isaías 42:3).
¿Cómo nos ayuda nuestro Sumo Sacerdote hoy en día?
Nos ayuda porque entiende nuestras debilidades y se compadece; por eso podemos acercarnos con confianza para recibir misericordia y ayuda en el momento oportuno (Hebreos 4:15, 16). Eso incluye cuando estamos avergonzados por pecados o agotados por problemas: Jesús no te rechaza, te sostiene.
También nos fortalece mediante el espíritu santo y mediante la congregación. A veces su ayuda llega como fuerzas interiores para aguantar, y otras veces llega por medio de ancianos y hermanos que te animan, te escuchan y te apoyan cuando tú no puedes solo.
Y además, como Pastor excelente, se asegura de que recibamos alimento espiritual para mantenernos fuertes. Incluso si te sientes como una caña quebrada, él no te abandona: está pendiente, te entiende y te guía para que no se apague tu esperanza.







